Anhelo democrático

20 11 2006

Inauguro esta bitácora con una reflexión sobre la democracia interna en las organizaciones políticas, que deseo compartir con vosotros. Afortunadamente, el imparable progreso de la humanidad, con avances y retrocesos, extiende la democracia a los pueblos. Sin embargo, se olvida de llevarla a las organizaciones de menor entidad. Parece más difícil que lo que se proclama para el país se aplique en otros ámbitos, esto es debido a el ansia de poder de la naturaleza humana que, en algunos casos, se convierte en una patología del comportamiento.Muchos dirigentes políticos se enorgullecen hablando de democracia pero cuando hay que aplicarla internamente en su partido político ya no se acuerdan. Piensan que el partido es suyo y limitan y obstruyen la participación ajena. Para ellos, la democracia es un elemento totalmente vulnerable, sólo acuden a él en discursos de campaña con el fin de aparentar aquello que no saben aplicar. Es grotesco ver como cuando se retira un dirigente, él mismo nombra a dedo a su sucesor como si tuviese las prerrogativas de un reyezuelo, demostrando que en su organización hay menos democracia que en el cónclave vaticano.

Delegamos en los partidos muchas cosas y una de ellas es que garanticen la participación de los ciudadanos. Nuestros representantes votan en el parlamento ¿por qué los militantes de un partido no pueden votar las decisiones importantes que afecten a la organización? No se puede dejar de obedecer a la voluntad mayoritaria y pasarse la democracia interna por el forro.

La falta de democracia interna no es casual. Cuando una camarilla llega al poder trata por todos los medios de permanecer en él. Para ello, controlan, censuran, suspenden militancias, cesan, abren expedientes… Cualquier excusa es buena para iniciar un proceso de información reservada y suspender los derechos de los militantes: Con ello, se impide mantener asambleas de militantes, y si se mantienen se declaran ilegales incluyendo sus acuerdos, aunque sean expresión de la voluntad democrática. Es el equivalente al estado de excepción de las dictaduras pero aplicado a los partidos políticos por los que los controlan férreamente.

Un problema singular es quién debe elegir a los candidatos: ¿los dirigentes o los militantes? ¿Cómo un dirigente puede aceptar, sin avergonzarse, que los militantes le eligieran pero no acepta que ellos puedan elegir por ejemplo a un candidato a alcalde? ¿Admite que le eligieran pero no que elijan a otros? Un auténtico disparate que sería cómico sino tuviese consecuencias trágicas.

Y es que la falta de democracia interna y de transparencia es lo que permite que aparezcan y se mantengan los burócratas de la política, los que enredan y manipulan para mantener sus carguitos y se rodean de cómplices que les apoyen y a los que apoyan. Se liberan de actividades profesionales y someten todo a su escrutinio durante demasiado tiempo, pues cuesta mucho echarles.

Creo que nada ni nadie puede limitar los derechos democráticos de los militantes de una organización política hasta tal punto que los propios militantes tengan que reclamar a los órganos superiores que se respeten sus derechos. Parece patético sólo tener que reclamar los derechos conseguidos después de tantos años. Todos los miembros de un partido político y más cualquier responsable tienen la obligación de garantizar que sus militantes puedan ejercer sus derechos para que los intereses personales no puedan imponerse a los intereses mayoritarios.

Dedicado a los que se esfuerzan por promover la democracia interna.